En el 56% de las parejas que se rompen había adicción a consumirla a través de Internet
Las adicciones son dinamita para la estabilidad matrimonial. Y la pornografía es una de las más demoledoras. Según un estudio basado en los informes sobre divorcios de la Academia Americana de Abogados Matrimonialistas de EE UU, en más de la mitad de los matrimonios que acaban en divorcio, uno de los cónyuges era adicto a la pornografía por Internet.
España no es ajena al problema: es el primer país de la Unión Europea en visitas a estas páginas, según los últimos informes del Observatorio para la Cibersociedad y NetValue. A nivel mundial, ocupamos el segundo puesto, tras EE UU. Y los matrimonios lo están pagando muy caro.
Según la profesora Mónica de Aysa, asesora matrimonial y familiar y especialista en planificación familiar natural, “el efecto de la pornografía en el matrimonio es devastador, porque el cónyuge –casi siempre el marido– trata de emular en la relación de pareja, las escenas que ha visto. Y la mujer se siente extraña, sola, no querida, por lo que el efecto es la desunión”. “Las mujeres acuden a la consulta porque notan un cambio en las relaciones con su marido: son escasas y han perdido toda ternura, se han vuelto anónimas, por lo que se sienten utilizadas. Y es que ellas no son muñecas de corta y pega de Internet”, añade.
La perversión de las relaciones sexuales por el consumo de pornografía incide incluso en el aumento de la violencia doméstica. “Estamos hechos para que la relación sexual sea magnífica, pero no para emular un vídeo de Internet, que tiene un único objetivo: provocar un alto nivel de excitación. La mujer que tiene una relación normal con su marido no puede cumplir ese papel, pero se le termina exigiendo, y se dan situaciones muy violentas, incluso físicamente”, señala De Aysa.
Un altísimo porcentaje de los hombres que cae en esta adicción comienzan porque se sentían solos o porque no tenían relaciones con su mujer. “Pero, cuando se busca una satisfacción en un lugar erróneo, eso no llena del todo, no terminas nunca, y se convierte en un vicio, como una droga . Y ellos te lo dicen: ‘He encontrado la satisfacción corporal inmediata, pero luego me he sentido fatal’. Porque eso no soluciona el gran problema del ser humano, la tristeza y la soledad por no sentirnos queridos”.
Pero ¿por qué nuestro país es uno de los que más sufre este problema? Según la especialista, estamos viviendo la ley del péndulo. “Hemos pasado de una situación extraña, en la que casi se asociaba el sexo con algo sucio, al otro extremo”.
Para evitar la corrupción de la belleza de la sexualidad, considera que es imprescindible una buena educación en este campo. La actual, centrada en fomentar el uso de anticonceptivos desde edades muy tempranas, está dando unos resultados nefastos: “Desde el punto de vista médico, está teniendo consecuencias muy serias. Se contraen infecciones de transmisión sexual que cursan sin sintomatología, como la clamidia o el virus papiloma humano. Y estamos viendo muchas infertilidades en edades maduras.” Además, considera que se ha transmitido la idea de que el sexo no tiene consecuencias. “Y las personas se quedan tocadas. Una cosa es lo que se cuenta, y otra lo que vemos en las consultas”, asegura. Ante todo, De Aysa recomienda que la educación sexual vaya siempre asociada al amor y al compromiso, que nunca criemos hijos que utilicen a otra persona para pasar un buen rato. Considera que cuando un adolescente entiende lo que es la sexualidad, probablemente no necesite anticonceptivos, porque hará un buen uso de ella.
Como consejo práctico para que las relaciones matrimoniales funcionen mejor, da uno sencillo, pero primordial: pasar tiempo de ocio fuera de casa, juntos y a solas, y si hay un avión por medio, mejor. “Los hombres, en un contexto habitual de estrés, trabajo, niños, monotonía, no hablan. Pero cuando se les saca del entorno, pueden contar un problema, una necesidad que tenían desde hacía seis meses, y del que no te habías enterado”.
Y la idea clave para una sexualidad bien enfocada, según De Aysa es “vivirla como seres creados a imagen y semejanza de Dios. Seres con capacidad para disfrutar de la vida, de la persona que tenemos al lado y de sus reacciones corporales, porque estamos hechos para la felicidad. El único límite es que el otro es un ser humano, que necesita ser querido”.
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